domingo, 5 de mayo de 2013

Generación aburrida

Los hemos podido ver en estos días en las noticias: parece que la nueva moda entre los adolescentes de EEUU es comerse una cucharada de canela y tratar de expulsarla por la nariz, para tener, dicen, aliento de dragón. Y, por supuesto, grabar la imbecilidad para que todo el mundo pueda verla.

Hace no mucho la gracia era beberse el gel higienizador de manos (aquel que se popularizó tanto durante la gripe A, y que no es otra cosa que alcohol puro). A inicios de mi adolescencia, la moda fue la de apretarse el cuello de determinada manera y respirar fuerte para hiperventilar y provocarse un mareo. Esta sí llegó por aquí, al menos yo conocí gente que lo hacía. Y, unos años más atrás, se trataba de tumbarse en la carretera y levantarse al oír acercarse algún coche.
Son las que recuerdo, aunque la lista podría ser larga. Tonteos con el riesgo, de uno u otro modo. Ejemplos extremos que en absoluto pueden ser utilizados para hacer el tan temido comentario: qué mal están los chiquillos.

Y, sin embargo, recordar estas cosas me ha llevado a pensar en un mal endémico que tantos jóvenes poseemos: el aburrimiento. No se trata de no tener nada que hacer, que sí, ese aburrimiento se pasa mucho en la adolescencia, cuando uno no es un niño para estar jugando ni es un adulto para estar de cañas, y está como en tierra de nadie muchas tardes de sábado, porque todas sus opciones de ocio son de las que cuestan mucha pasta, ir al cine, a la bolera, etc... No, hablo de un aburrimiento más profundo, el de la falta de entusiasmos y estímulos verdaderos, el de las horas muertas delante de la pantalla, el del eterno domingo por la tarde, el del tenerlo todo tan al alcance de la mano que no merece la pena ni levantarse a cogerlo. También, el del deseo de ser alguien para el puñado de conocidos y desconocidos que también están ante sus pantallas, y llenar a tal efecto un hueco del ciberespacio con fotos insulsas y vídeos haciendo cualquier estupidez.

La red no ha traído consigo el facilismo, aunque lo ha acentuado. Hace diez años muchos no teníamos Internet, pero el virus del hastío lleva tiempo acampando a sus anchas. Porque si hay algo peor que haber tenido que atravesar muchas dificultades, es no haber tenido que atravesar ninguna. El valor de los bienes que nos han sido dados se nos hace borroso, pues el esfuerzo para conseguirlos lo han realizado otros, lo siguen realizando otros. Ellos sufren, y ellos aprenden. Nosotros leemos centenares de frases motivadoras en la red sobre la dureza de la vida, lo importante que es luchar, el valor de las cosas... Y no, no nos las creemos del todo. O sí, pero el efecto dura poco.

Y muchos buscan cosas nuevas, diferentes, que tengan poco que ver con lo que ya creo que me sé de sobra. Cosas extremas a veces. A costa de la propia imagen, o de la propia salud, o de las de otros. No sé si se hace más que antes. Tal vez sea que, simplemente, queda más en evidencia por el ciber-exhibicionismo del que hoy van acompañadas.

2 comentarios:

Muñekita Cat dijo...

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me respondes a emitacat@gmail.com

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Emilia

María Borrero Carrón dijo...

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Mary