lunes, 15 de marzo de 2010

Me ahogan las teorías justificadoras

Hoy en tuenti una persona me ha discutido el hecho de que la Alemania nazi fue un totalitarismo. No suelo dar tanta relevancia a las opiniones de un completo desconocido como para hablar de ellas en mi blog, si no fuera porque es la 4ª o 5ª vez en los últimos meses que topo con alguien que justifica, alegando teorías y lecturas desconocidas para la mayoría de la gente, ese régimen inhumano. Y estas opiniones no tendrían, a su vez, tanta relevancia si no fuera porque el nazismo no es el único totalitarismo que veo justificado últimamente. Entrando en la página de discusión de la entrada «Totalitarismo» en Wikipedia, lo primero que me encuentro es una justificación del Estalinismo. Y, pasando a casos más recientes, es habitual encontrarse con justificaciones para la Cuba de Castro o para la Venezuela de Chávez. La última, la de ese actor tan representativo de nuestro panorama farandulero actual. Y, por supuesto, siendo española y católica, uno de los discursos justificadores que más me encuentro es el que se refiere al régimen franquista.
«La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo,
se llama totalitarismo», Benedicto XVI en la Jornada Mundial
de la Juventud de Colonia 2005.

Todos estos discursos comparten muchas características, a pesar de las diferencias ideológicas:
  1. Creer que se sabe más que los demás: la mayoría de estas personas presumen de una supuesta superioridad en lo que a conocimientos se refiere. Todas te vendrán con teorías, lecturas y definiciones de intelectuales varios para luego soltarte que tú eres tan simple que te has dejado llevar por las ideas que otros supuestos indocumentados se han encargado de propagar con quién sabe qué intereses. Da igual que tengas tres carreras y hayas hecho una tesis doctoral sobre el tema: si no piensas igual que ellos, es que no sabes algo que ellos sí saben. Por supuesto, estoy de acuerdo en que la cultura de masas se nutre en gran parte de prejuicios y mitos infundados, pero suponerle estupidez incurable a alguien a quien no se conoce sólo por expresar una opinión contraria rezuma prepotencia por los cuatro costados.
  2. Hablar de las cosas buenas del asunto como si las demás no existieran: haciendo gala de la anterior característica, la persona en cuestión enumerará una serie de cosas buenas que, según su vastísimo conocimiento del asunto, tenía ese régimen. Te dirá lo mucho que avanzó el país bajo ese mandato, o las muchas bondades que tenía en este u otro asunto político y social (podéis ver el enlace a la discusión en Wikipedia para ver un ejemplo). Te lo dirá siempre contraponiéndolo a lo que se vive actualmente, y, por supuesto, evitando hablar de las maldades de dicho régimen. De esta manera, es muy posible atraer a su corriente ideológica a personas que, sin haberlo vivido, piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor, generalmente porque no les gusta este en el que viven y se consuelan pensando en un supuesto pasado mejor que nunca existió.
  3. Si les hablas de las cosas malas que han tratado de maquillar hablando de bondades, pueden optar por desmentírtelas usando el argumento número 1, o justificártelas de dos maneras: a) "y tú más": hay regímenes peores, y seguro que tú los defiendes (eso lo presuponen sin haberte preguntado por el tema); b) "menos mal": menos mal que se usó mano dura con aquellas personas, que si no... otro gallo nos cantaría. Si a alguien se mató o torturó, es porque lo merecía.
  4. Tras toda esta retahíla de justificaciones, es posible un tipo más: el de aquellos que te dicen que todo régimen totalitario fue un efecto viciado de una teoría buena, y que hay que intentar llevar a cabo esa teoría porque, esta vez sí, puede que salga bien. Este argumento es el de los más ingenuos, y de los que más morro tienen: generalmente, ellos estarían presentes en este nuevo intento exitoso.
Todo esto, como digo, lo dirán partidarios de todo tipo de regímenes, intentando convencer, con argumentos idénticos, de que el suyo es el bueno, y creando confusión en la persona que intenta atender a estos argumentos con objetividad.

En el caso, ya citado, de la España franquista (y en algunos otros), se une el argumento de la religión: hay quienes alaban a Franco calificándolo de benefactor de la fe católica, incluso considerando que debemos agradecerle la salvación de esta fe en nuestro país. Ni que decir tiene que quienes dicen esto manifiestan una nula confianza en el Espíritu Santo (verdadero protector de la fe) y en la Providencia, creyendo que todo lo que se ha mantenido se debe agradecer a una represión violenta. Me recuerdan a Pedro cortándole la oreja al soldado que iba a detener a nuestro Señor. Y la única respuesta que se me ocurre es la misma que el Señor dio entonces: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata, a hierro muere».
"No a las guerras en nombre de Dios"
diseño extraído del blog partido.marianistas.org
La mayoría de las defensas se hacen desde el plano de la ideología y de la teoría, y, como digo, crean confusión: ¿será verdad que es todo una leyenda negra? Sin embargo, las teorías flaquean cuando hablamos de personas. Toda confusión se me disipa cuando aplico el principio personalista: la persona es un todo en sí misma, y con una dignidad inviolable, y toda ideología que relativice la dignidad de la persona está podrida en su base. Los teóricos discuten acerca del término «totalitarismo», y acerca de los regímenes que pueden ser englobados en él. A mí, en este tema, me importan bien poco los límites terminológicos. Todos esos regímenes que nos vienen a la cabeza cuando hablamos de «totalitarismos» comparten una cosa: la consideración de la masa por encima del individuo, la consideración, en la teoría o en la práctica, de que una vida vale menos que una idea. El desplazamiento de la persona del centro de su propia existencia. Y, yéndonos a lo sobrenatural, el alejamiento de Dios. Porque si se menosprecia al hombre, imagen suya, se menosprecia al Creador y al Salvador que murió para que todos tuviéramos vida.

Una vez más me salva del ahogo saber que no me he adherido a una ideología, sino a una Persona. Y a una comunión de personas. Me salva del ahogo pensar que no hay nada por encima de una vida, que no se puede menospreciar de ninguna manera el sufrimiento ni la muerte de nadie, ni de este hombre, víctima de los campos de concentración nazis, ni de este otro, víctima de la represión franquista, ni de estos otros tantos, mártires de la persecución religiosa en España, ni el de estas mujeres, víctimas del aborto en la actualidad, por poner unos pocos ejemplos. Historias que no tienen mucho que ver en lo que a circunstancias se refiere, pero que dejan entrever el resultado de sacrificar a la persona en el altar de la ideología.

Una vez más, la bombona de oxígeno en este ahogo se llama Amor. O, si se quiere, Caridad en la Verdad.

4 comentarios:

Javier Vicens y Hualde dijo...

Lo ha escrito BXVI ¿verdad? Que el programa del cristiano es "un corazón que ve".

Javier (el keke) dijo...

Increible! Realmente merecio ese dolorcillo de cabeza que tenias esta tarde.
Gracias!

Juanan dijo...

Enhorabuena por la entrada. Me asombra cómo mantienes muy claro hacia dónde miras y te mantienes con soltura como una funambulista sobre la delgada línea de la cordura.

Me gusta especialmente lo de que no te adscribes a una ideología, sino a una Persona.

Roberto Gómez dijo...

Me encanta la entrada, sobre todo lo referente al franquismo y justificarlo como salvador de la fe.
Yo sé otra.
La de Matatías y los piadosos.
¿El final?. De los segundos ... todos calvos. ¿Y de los primeros?. Sus hijos somos nosotros.

Un saludo.